Cómo aprendió a viajar solo nuestro hijo

¡Hola! Somos Lili y Juanito, padres de Emilio, Lucía y Leandro.

Lean cuenta con 28 años, una sonrisa gigante, la voz grave (de familia), nunca siente frío, ¡¡¡ah!!! y síndrome de Down (a esta altura ya no lo tenemos tan presente).

Cuando nació nos prometimos que lo criaríamos como a sus hermanos. Respetando sus tiempos, sus posibilidades y sus elecciones. Los padres tenemos que aprender a enseñar.

Vivimos en un barrio de veredas anchas, árboles que sueltan brisa fresca en verano, vecinos que se sientan en la puerta a matear, kioscos en algunas ventanas.

El arroyo Cildañez corre escondido bajo las calles. Si prestás atención lo escuchás en las alcantarillas.

Algunos gauchos a caballo pasan de vez en cuando por caminos que quedaron empedrados. Ese sonido es único, te lleva a otros tiempos.

Dicen que Mataderos es una República. Quizá así sea su espíritu y el de su gente.

En ese espacio tan nuestro, Juanita (nuestra querida vecina) le enseñó a Lean durante una tarde inolvidable a dejar las rueditas de la bici.

La hija del almacenero, Silvi, jugaba con él a nombrar las etiquetas de las latas.

Jorgito e Ignacio lo invitaban a la canchita de fútbol, a la escuela de música N°8, a refrescarse en la Pelopincho.

Así se empieza a viajar. Soltando poco a poco. Al principio son viajes cortitos: perder el miedo y sostener el equilibrio para no caerse de los patines. Y que sea otro el que esté ahí con él/ella, no el papá, no la mamá. Si están los tíos, los hermanos, los vecinos, los amigos, los abus, dejá, confiá.

Llega el día en el que cruza por primera vez solo/a la calle. Acompañás con la fuerza de los Jedis de la guerra de las Galaxias. Pero te quedás del otro lado. Y esperás que vuelva. ¡¡¡Aplausos!!!

El corazón se te sale del cuerpo, vuelve a entrar y se acomoda…

Después una cuadra, vos lo/a seguís atrás. Diez cuadras, a la plaza, al parque. Al súper. 

Lo/a seguís. Hasta que no hace falta. Hace una compra, lleva una nota, lava los platos, acomoda cosas en la terraza, juega en el patio, en la pieza. Mirás por la ventana. Entornando la puerta. Lo dejas solo/a. Espiás.

Da “la primera vuelta manzana”.  Sos como Flash, preparado/a por las dudas. Pero se asoma en la esquina. Volvés a respirar.

La escuela primaria quedaba a 10 cuadras. Tomábamos el 47.

Lean siempre tuvo fascinación con los autos. Pensaba que estaban “vivos”. La voz: el ruido del motor. Los ojos: las luces.

“Tiene cara contenta”, decía, o “tiene cara enojada”. Según cómo estaban dispuestas las luces y la parte delantera del colectivo, descubrimos cómo era eso que él veía.

Y es cierto, nomás. Hay colectivos contentos y hay colectivos enojados.

Los choferes empezaron a reconocerlo. Después de siete años de hacer el mismo recorrido, Lean ya sabía el nombre de cada uno. Y todos lo saludaban, “¿qué hacés, che? ¿cómo andás, estudiaste hoy?”.

Cuando el día estaba soleado, volvíamos caminando.

Fue aprendiendo el nombre de las calles. Calcular cuánto tardaba en ir y volver. Vivenciar.

Saber estas cosas lo ayudó a sentirse seguro y a nosotros darnos confianza para que pronto comenzara a moverse solo.

Los niños tienen que crecer.

La secundaria no quedaba tan cerca, ¡pleno centro porteño! Más de una hora de viaje.

Durante un tiempo lo acompañamos. Aprendió el recorrido, las calles.  Viajábamos separados, en distintos asientos. Tenía que avisar cuando llegábamos. Bajaba primero, nosotros lo seguíamos.

Más adelante, tomaba él primero el colectivo “de adelante” y alguno de nosotros, el que venía detrás. Esperaba que llegáramos, él caminaba una cuadra antes, nosotros a distancia. Cada vez más distantes. Dos cuadras. Tres. Cinco.

Sabía que si tenía algún temor estábamos cerca.

Durante ese periodo hizo pasantías, tuvo que aprender a viajar en subte. Hicimos igual.

Primero juntos, pero sentados en distintos asientos, luego distintos andenes, del mismo tren.

Más adelante, cuando ya conocía el recorrido y dónde bajar, él lo tomaba primero y nosotros, el que llegaba después. Nos esperaba en la estación. Ayuda mucho el tema de carteles. O lugares que sirvan de señal. También aprender a consultar en las ventanillas.

MUY IMPORANTE: JAMÁS HABLAR CON EXTRAÑOS. NUNCA, JAMÁS, ABSOLUTAMENTE NO.

Así empezamos, después llegó el celular. Gran aliado.

¡¡¡Honores a Google Maps!!! A las Apps que te permiten encontrar calles, lugares, personas.

Lo guiaba en sus nuevas aventuras, cursos, seguía estudiando.

Aprendió a viajar solo en tren y en micros de larga distancia.

Disfruta de esa autonomía. Lo vemos cada vez más seguro.

Las habilidades nacen de la práctica.

Cuando tiene que ir a un lugar nuevo, mira en Internet, busca qué colectivo o subte lo lleva y… llega.

Va a sus clases de voley, de teatro. Organizan salidas con sus amigos.

Actualmente trabaja en una empresa en Puerto Madero. Se levanta tempranito, desayuna, se baña, se cambia: “Chau, mamá, papá, ¡voy a la parada del 103!”.

Nos envía WhatsApp: “ya llegué”. O avisa cuando vuelve. Acompaña con alguna selfie.

Lean ya es Jedi de los caminos. La fuerza de nuestra confianza y cariño lo acompaña.

Por Liliana y Juan, miembros de ASDRA.

¿Cómo fue la experiencia de aprender a viajar solos en casa? ¿Están trabajando en eso?

1 thoughts on “Cómo aprendió a viajar solo nuestro hijo

  • lauines

    Gracias por compartir esta experiencia. Aún nos falta mucho, pero sí entendemos que la independencia se trabaja desde chiquitos. Rafa con sus 7 años está queriendo caminar solo en la calle. Lo dejamos, sin dar la mano…. (aún tiene un hermano chiquito que siempre pide la mano), pero sabe que cuando hay que cruzar tiene que sí o sí dar la mano, por ahora. A veces se enoja, otras no, otras pide la mano, y se la damos. Creo que es un camino, pero que de a poco se va a lograr. Como mamá de Rafa me encanta leer estas experiencias porque me nos dan ideas. Gracias. Y bien por Lean!!

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