El rol de la escuela especial y de la escuela común para una educación con todas y todos los chicos

Entrevistamos a la docente, madre y Directora de la Escuela Rumania, Silvana Corso, y nos dio su opinión sobre si la escuela debería ser una sola, si podrían convivir la escuela especial y la escuela común.

Escuela Rumania, una sola escuela
Yo creo que tiene que haber solo una escuela, una escuela para todos donde se conviva con la sociedad misma.
Mi escuela es como la sociedad en miniatura, vos ves todo.
Recorrés el patio y están todos, realmente todos.
Y estar todos, reconocernos, habilita la convivencia, y esa mirada del otro que lo pone en valor, no esa mirada que se extraña: ¿quién es? ¿por qué está en silla de ruedas? ¿por qué necesita un acompañante? Esas preguntas que son típicas en las escuelas cuando no se convive con todos, son preguntas que quedarían erradicadas si todas las escuelas se abrieran para todos realmente.

El rol de las escuelas especiales
Yo no niego la especificidad de la educación especial y de hecho la pienso como complementaria dentro de la escuela común. Pero incluso que te habilite a pensar a todos los chicos.
Muchas veces, las herramientas que te da la educación especial te permiten pensar no sólo en el alumno que está con algún tipo de dificultad específica del aprendizaje, si no que a veces son herramientas que terminan beneficiando a todos los chicos en edad escolar.
Este es mi posicionamiento. A veces algunos me dicen: “¿qué va a desaparecer la educación especial?” Yo no sé, yo creo que hay provincias, como por ejemplo La Pampa, que iniciaron todo un recorrido de transformación de las escuelas especiales en centros de apoyo a la inclusión, donde prácticamente sus edificios están vacíos, porque todos los chicos ya están en las escuelas comunes. Y todo ese recurso humano no se pierde, porque se pone a disposición y potencia la escuela.
Hay familias que apuestan a la escuela especial y que la reivindican y que parece que esto es todo o nada. Yo lo que pienso es que de última que sea la posibilidad de elección real, genuina, que yo pueda elegir entre la escuela especial y la escuela común genuinamente, legítimamente.
¿A qué me refiero? A que muchas veces elegimos la escuela especial porque estamos cansados de sufrir en la escuela común. El desprecio en más de una oportunidad, el rechazo, la falta de disposición, la falta de recursos. Y es tan desgastante que uno termina renunciando y decís “bueno, vamos a una escuela especial donde esto no va a pasar”, y no es una elección legítima, genuina, es la elección casi de descarte. Y creo que de eso hay que hacerse cargo.
En todo caso, que realmente estén las oportunidades en uno y otro formato, y que yo pueda elegir realmente qué quiero para mi hijo, pero que sea genuino.


¿La inclusión va en detrimento de la calidad?
Es un imaginario social, que si las escuelas trabajan en inclusión no son escuelas de excelencia académica. En el imaginario está esta idea de la escuela abrazadora, contenedora, con mucho amor, con mucha paciencia (que debe ser así la escuela, en realidad, toda), pero que para ser real que estén todos hay recorte de contenido, facilitan los recorridos. Y eso es sólo un imaginario porque para trabajar en inclusión tenés que estar tan preparado, tan formado para tener tantos recursos. Tenés que tener la capacidad de trabajo en equipo. Tenés que tener la suficiente humildad para decir “no sé”, y me pongo a disposición el trabajo con el otro, en pareja pedagógica. Ver realmente cómo puedo pensar cada trayectoria real.
Hay que pensar cada presencia, no sólo a los chicos con algún tipo de problema específico o con algún tipo de discapacidad, si no que cuando trabajás en inclusión real tenés que pensar cada trayectoria escolar.
La escuela en realidad trabaja con este imaginario de, a determinada edad los chicos hacen determinadas cosas, y entonces yo trabajo con ese perfil, con esa representación de alumno que tengo, y ahí despliego mis propuestas. Claramente puedo trabajar desde esa lógica, desde esa representación de la excelencia académica, porque voy a exigir lo que se supone pueden, y un montón de chicos quedarán afuera. Es un “como si”.
Con los mejores, todos hacemos un gol. Armando un equipo con los mejores es imposible que te vaya mal, y a muchos chicos les va muy bien, y les iría muy bien con tu escuela, con la otra, digamos, con el otro profesor, porque en realidad ya está, viene con él, no es un mérito propio. Mérito de la escuela es lograr que todos aprendan. Y ese es el objetivo.
Por eso para mí es de excelencia, porque una escuela que piensa cada trayectoria escolar, que se ocupa de entender cómo mira el mundo cada uno de sus alumnos, cómo aprende de ese mundo cada uno de sus alumnos, esa es una escuela realmente que propone posibilidades únicas para cada uno. Entonces requiere de tanto compromiso, de tanta formación, de estar disponibles al otro, y al otro no sólo a los alumnos si no entre docentes, que justamente es todo lo contrario. Y no sólo digo la excelencia académica en relación a la formación docente. Digo que una escuela inclusiva quiere que todos sus alumnos aprendan. Entonces no está parado en la representación del otro, y en discapacidad intelectual siempre hay una representación de los techos y de lo que no van a poder. Entonces la escuela propone en función de lo que ya no pueden.

La escuela inclusiva es una escuela sin techo
Una escuela inclusiva no pone techo, tiene altas expectativas de cada uno de los alumnos. Y lo que trata de lograr es que aprendan todo lo que son capaces de aprender cada uno, teniendo en cuenta su contexto, no sólo el tipo de discapacidad que tiene.
Entonces creo que justamente la inclusión tiene que ver con la excelencia, todo lo contrario a la representación, que es lento el cambio pero está cambiando esa idea.
Al principio mi escuela no era una escuela elegida, era una escuela de descarte. Entraban los chicos ya con 14, 15 años, después de experiencias de fracaso, repitencia o que los echaran de distintas escuelas. Incluso de escuelas privadas.
Hay familias que vienen y en secretaría dicen: “bueno, mi hijo repitió, y en la escuela me recomendaron venir acá porque acá no les dan tanto, no exigen tanto”. Esa era la representación.
Casi yo diría que era la escuela de descarte.
No digo que no hubiera familias que la eligieran, pero había una representación de eso.
Entonces trabajábamos con una población con sobreedad.
En los últimos años es una escuela elegida.
Esto que dimos a conocer, de la forma en la que nos relacionamos con los chicos, cómo pensamos a los chicos, cómo nos vinculamos. Desde hace por lo menos 3, 4 años, nosotros estamos recibiendo en primer año alumnos de 12, 13 años. Justos con la edad de egreso del séptimo grado. Elegida en primera instancia.
Entonces algo está cambiando y rompiendo en esa representación de las familias y empiezan a elegir el lugar que quieren para sus hijos. Un lugar que los piense, que los aloje, que los abrace y que los eduque, en definitiva.

¿Cómo es la experiencia que tenés con la educación de tu hijo/a con síndrome de Down?

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